jueves, 1 de junio de 2017

Triste o tal vez demasiado cansada

Buenas noches mis queridos soñadores, primero quería disculparme por no subir todas las reseñas que tengo preparadas... pero estoy agotada y aun tengo que corregirlas.

Hoy es uno de esos días en los que el mundo se vuelve pesado y cuesta respirar. El peso del pecho se triplica y la sonrisa que trato de controlar no llega jamás a mis ojos. Si, tengo ganas de llorar. Frustración, cansancio, tristeza y aceptación.

En esto me encontraba cuando decidí releer lo único que venía a mi mente. "Lágrimas ignoradas"

Aquí os dejo un fragmento que espero no moleste a la escritora y os pido paciencia. 

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En un mundo perfecto Sara sería feliz. En un mundo perfecto Sara sería una niña querida. No era un mundo perfecto y jamás lo sería.
Cuando su madre vino a por ella, Sara fue feliz. O al menos fue feliz el tiempo que duró el engaño. Su abuela la había convencido de que su madre la quería y había estado trabajando duramente todos aquellos años por ella. Ese mismo día le había relatado los sacrificios que había hecho y como había luchado por que volviera a su lado. La realidad era mucho más cruel.
Sara se mantuvo resguardada tras la puerta.
-         - No estoy preparada aun. Todo va bien, pero Bea da muchos gastos y…
-          -Ya basta. Sara necesita un buen colegio. Hoy mismo te la llevas, no se va a quedar aquí por más tiempo. – Su tono era frío y Sara sintió que su pecho se detenía. Su abuela tampoco la quería.
-          - Dame unos días…
-         - No. Ya tiene todo preparado y ya te está esperando.
Sara salió de detrás de a puerta y las dos se callaron al instante. Sara fingió haber llegado y abrazó a su madre. Era buena fingiendo. No tenía lugar al que regresar. Tras varios minutos Sara salió de la habitación y fue en busca de su abuelo.
Sentado en su silla, estaba mirando el telediario y le sonrió. Ella era su gatita con guantes, o al menos eso quería creer.
-         - ¿Qué te pasa? No me gusta esa cara. – Ni siquiera la había mirado.
-         - Hoy me voy. Supongo que nadie me quiere. – Tenía ganas de llorar. No pudo mentirle.
-         - Que preocupación más tonta. Ven conmigo que hoy es tu santo. – Sara no sabía realmente cuando era su santo, pero su abuelo siempre tenía guardado dinero para ella en su día.
-        -  Pero este año…
-         - Toma. – Su abuelo le tendió unas monedas y sin avisarla le agarró la mano. Su propia mano temblaba y vio su vergüenza. Ella conocía sus secretos. Sabía cómo escondía las manos ante los ataques más fuertes.
Su abuelo confiaba en ella. Cada vez que perdía el pie y se veía incapaz de levantarse la llamaba a ella. Cuando tenía que ir al baño la llamaba a ella. Y era ella la que ayudaba a su abuela a bañarle. Era un hombre fuerte y orgulloso escondido en un cuerpo que rallaba la fecha de caducidad. En ocasiones Sara había apartado la vista cuando las lágrimas lo vencían.
-        -  Siempre podrás volver si lo necesitas. Esta es tu casa. – Sara estaba triste. No se sentía con fuerzas, pero sonrió ante él.
-        -  Lo sé. Siempre volveré en verano y los fines de semana.
-        -  Gata con guantes no caza. Recuérdalo.
Ese era su idioma, su forma de hablarle.
-         - Si. Quien baila en la cama y canta en la mesa poco juicio tiene en la cabeza. ¿no?
Sara estalló en carcajadas y comenzó a bailar en el medio del salón. Él siempre le repetía la misma frase cuando se ponía a cantar o bailar en las situaciones menos indicadas. Era su forma de corregirle. Solo para ella.
Sara lloró cuando la montaron en el coche. Suplicando pidió poder quedarse. El coche se puso en marcha y ella sintió miedo. Cada vez se alejaba más y a cada kilómetro Sara se sentía más sola. Sara pensó en la ironía de su vida, cuando quería estar con su madre no la veía y ahora la llevaban con ella cuando quería quedarse.
Le prometían un mundo perfecto. Le contaban tantas cosas y ella no creía ninguna. Sara había aprendido que la verdad no es lo que te cuentan, la verdad está en lo que te ocultan.
Nadie le preguntaría a ella, nadie trató de explicárselo y nadie se dignó a comunicárselo directamente antes de meterla a la fuerza en el coche. Los árboles se fueron quedando atrás, transformados en frías aceras, carreteras y farolas que lo iluminaban todo. Las estrellas se ocultaron, la gente se multiplicó y el ruido lo envolvió todo.
Todo parecía más frío, más impersonal. Allí ya no era única, ya no se distinguía, era una hormiga más entre la multitud. Allí no conocía a nadie y nadie la conocía a ella. Estaba sola con su madre, una madre a la que apenas había visto, una madre que no la miraba más de dos segundos seguidos. Perdida en un mar de acero Sara observó su nuevo entorno.

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Besitos voladores.... (Lo he copiado a mano por lo que espero no haber cometido grandes errores y gracias a la escritora por darme a conocer su obra)



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